¡Independencia para los jóvenes!

Carlos García-García
Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Viajeros


Los alumnos de segundo de bachillerato y los de último curso de formación profesional han pasado unos quince años en la escuela, pero saben muy poco de la vida. Entran en la universidad o en el mundo laboral porque “es lo que toca”, siguiendo el hilo conservador de lo establecido. Sin embargo, calculo a ojo, un 80% de los futuros universitarios no tienen claro qué carrera elegir y un porcentaje parecido de los de F.P. empiezan a trabajar, si tienen suerte, sin haberse parado a pensar qué quieren hacer realmente con su vida. Mientras, siguen, ad infinitum, en casa de los padres con su vida de siempre, pero sin aprender mucho.


Creo que un año sabático en el extranjero les iría estupendamente, les daría la oportunidad de reconsiderar las cosas, de conocer otra cultura y otro idioma, de experimentar lo que supone trabajar y ganar un sueldo, de gestionar su vida como adultos que empiezan a ser con independencia de sus padres. En ese periodo aprenderían a actuar de forma autónoma y responsable porque se juegan las habichuelas. Muchas veces he recomendado esto los jóvenes, pero muy pocos me han hecho caso. Temen perder el hilo de su futuro y retrasarse respecto de sus compañeros de promoción. Este miedo es compartido con sus padres que temen dejar marchar al hijo. Por más que yo les asegure que nunca se trata de un año perdido sino lleno de oportunidades y ventajas para el futuro, el calor de lo malo conocido (o lo que los modernos llaman zona de confort) les impide dar tan valiente y provechoso paso. 


Me cuenta un alto cargo de la administración europea que, a la hora de seleccionar a sus colaboradores jóvenes, le importa mucho menos su currículum que sus características personales, su modo de desenvolverse y de afrontar los problemas. En las entrevistas, deja su expediente académico a un lado y se pone a charlar con ellos. La pregunta clave es: “Además de estudiar, ¿qué has hecho en la vida?”. Busca jóvenes espabilados, que dominen idiomas (los títulos no demuestran la fluidez), que hayan tenido experiencias, que hayan viajado, participado en proyectos, colaborado como voluntarios, que se hayan divertido sin dejar de cumplir con sus compromisos, que se hayan equivocado y aprendido de ello, en fin, que hayan vivido y, si es posible, que se hayan sacado las castañas del fuego sin recurrir a mamá y papá.


El año sabático, dice mi amigo, suma unos puntos que suelen obtener los candidatos del norte de Europa, no tanto los mediterráneos.


En fin, si de mí dependiera, instauraría el año sabático como condición necesaria para acceder a la universidad. Con una red sabática organizada mediante convenios de colaboración e intercambio, los jóvenes trabajarían aquí o allá con el aval de los Estados y las empresas e instituciones obtendrían beneficios por participar en el proyecto y dar trabajo a los jóvenes. Éstos financiarían su estancia con el salario percibido. Llámenme utópico e ingenuo, pero no me negarán que es una buena idea. Al menos, mejor que la pírrica beca Erasmus que sólo pueden disfrutar aquellos estudiantes cuyas familias puedan complementar económicamente su escasa dotación y que, realmente, no supone para el alumno un verdadero cambio de coordenadas sino una divertida continuación de lo ya conocido.


En la misma línea de fomentar la autonomía de los jóvenes: Desde hace décadas, en los países escandinavos, el Estado facilita la concesión de un préstamo a los estudiantes universitarios para que se independicen de sus padres. El tipo de interés del préstamo es bajísimo, si no al 0%, y sólo tienen que devolverlo cuando su salario, una vez terminada la carrera y accedido al mundo laboral, supere cierta cantidad. Si, pasados unos, años el joven no alcanza dicho salario el préstamo queda cancelado siendo asumido por el Estado.


Aquí se puso en marcha un sistema parecido en 2007 (Préstamo Renta Universidad), aunque sólo para los estudios de máster. El límite de ingresos para comenzar a devolver el préstamo era un salario de 22.000 euros anuales. Los sucesivos gobiernos han eliminado este umbral de renta sin informar debidamente y dejando a miles de jóvenes atrapados entre la espada de un mercado laboral precario y la pared de unos políticos que miran hacia otro lado. Mientras tanto, los bancos siguen aplicando intereses de demora a los afectados y amenazándoles con incluirlos en las temidas listas de morosos y llevarlos a los tribunales. Estos chavales no es que no quieran pagar, sencillamente no pueden pagar y, así, no hay manera de independizarse. Mientras, a otros les regalan títulos de máster por la cara. Como diría el añorado Forges: “País”.



Artículo original publicado en Catalunyapress.

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