Aclarando, que es gerundio

Manuel Fernando González Iglesias
Manuel Fernando González Iglesias

Les escribía ayer sobre holandeses y alemanes y de su indecente manera de tratarnos a los de la Europa del Sur, especialmente a españoles e italianos, que siempre según sus dirigentes políticos lo hacemos mal y no sabemos contener el gasto público, ni siquiera cuando se produce una pandemia. De mi artículo puede deducirse que generalizo e incluyo a la ciudadanía de esos dos países. No es cierto y lo reafirmo para que no quede duda, porque la crítica viene a cuento de la que hizo valerosamente el primer ministro de PortugalAntónio Costa, que silabeó la palabra "re-pug-nan-te" al dirigirse al Ministro de Finanzas holandés que proponía investigar a los países que ahora no disponen de presupuesto para afrontar la crisis derivada del coronavirus, o sea: España, Italia y, de paso, Portugal.


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Lo que piensen los que votan a estos dirigentes, que para más inri se van a pasar dos semanas pensándose si aceptan o no, o lo que les proponen la mayoría de sus colegas europeos para poder salir de esta tragedia global, es cosa suya, aunque al otorgarles su confianza electoral debe de ser porque no están en desacuerdo con sus ideas y apoyan mayoritariamente sus propuestas.


La Europa de dos velocidades siempre ha existido, y en casos como el que nos ocupa, es aún más evidente y, por supuesto a ojos de este periodista, indecente o inmoral porque la vida de la gente no es una cosa, ni de ricos, ni de pobres, sino de seres humanos nazcan donde nazcan y vivan en el lugar que vivan.


Acabar, de una vez por todas, con la prepotencia de quienes van de supremacistas por la vida pública es una de las grandes asignaturas pendientes que tiene la Unión Europea, si es que quiere tener algún futuro. La historia nos cuenta claramente el papel que para la formación de la cultura europea y universal han tenido los Imperios romano y español, ahora convertidos en naciones con problemas presupuestarios, a los que las crisis que provoca la globalización ha debilitado muy gravemente, sin que por ello se deba menospreciar su dignidad y la de los millones de ciudadanos que los habitan y menos ante una pandemia mundial que ya cuenta sus muertos por centenares.

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