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El dulce adiós a la Cuaresma: ¿Por qué celebramos la Mona en Catalunya?

Más que un pastel de chocolate, la Mona representa un rito de paso entre padrinos y ahijados que hunde sus raíces en la historia árabe y romana de la Península

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Mona
La Mona de Pascua es una tradición arraigada a la cultura catalana. Foto: Ajuntament de Barcelona

 

Cada Lunes de Pascua, las pastelerías de toda Catalunya se convierten en auténticas galerías de arte. Figuras imposibles de chocolate, plumas de colores y bizcochos de yema quemada presiden las mesas familiares. Pero tras el azúcar y la creatividad de los maestros pasteleros, se esconde una tradición milenaria que marca el fin de la abstinencia y el estallido de la primavera.

 

Para entender por qué los catalanes no concebimos el final de la Semana Santa sin este dulce, debemos viajar en el tiempo y desgranar el simbolismo que rodea al huevo, al padrino y al propio nombre de la "Mona".

 

Un origen entre lenguas: ¿De dónde viene la palabra "Mona"?

Aunque hoy nos suene a animal, el término no tiene nada que ver con los primates. Los historiadores apuntan a dos posibles raíces etimológicas que explican su esencia:

 

  • La "muna" árabe: En el árabe antiguo, muna significaba "obsequio" o "provisión de boca". Era un regalo que los vasallos hacían a sus señores como tributo, generalmente en forma de alimentos.

 

  • La "munda" latina: Otra teoría nos lleva a las mundae, cestas llenas de objetos y dulces que los romanos ofrecían a la diosa Ceres (divinidad de la agricultura) durante el mes de abril para atraer buenas cosechas.

 

Sea cual sea su origen exacto, la Mona siempre ha sido, ante todo, un regalo.

 

El huevo: el símbolo de la vida que renace

Antiguamente, la Mona no era el sofisticado pastel que conocemos hoy. Se trataba de un sencillo bollo de pan circular o con forma de corona que contenía huevos duros incrustados.

 

¿Por qué huevos? Durante la Cuaresma, la Iglesia prohibía el consumo de carne y huevos. Sin embargo, las gallinas seguían poniendo, por lo que las familias acumulaban una gran cantidad de ellos. Al llegar el Domingo de Resurrección, el huevo se convertía en el símbolo perfecto de la vida nueva y la fertilidad primaveral. La tradición dictaba que la Mona debía llevar tantos huevos como años cumpliera el ahijado, hasta que este alcanzaba los 12 años o hacía la Primera Comunión.

 

Padrinos y ahijados: un vínculo inquebrantable

En Catalunya, la Mona es el cierre de un ciclo de regalos que comienza el Domingo de Ramos. Si ese día la madrina regala la palma o el palmón, el Lunes de Pascua es el turno del padrino, quien hace entrega de la Mona a su ahijado.

 

Este gesto humaniza la festividad: es un compromiso de protección y afecto que refuerza los lazos familiares. El Lunes de Pascua es, de hecho, el día en que las familias se reúnen (a menudo en el campo o en casas solariegas) para comer juntos y "romper" el huevo de la Mona, celebrando que las restricciones han terminado y que la alegría vuelve a la mesa.

 

De la masa de pan a la arquitectura del chocolate

Fue a partir del siglo XIX cuando la tradición dio un salto hacia la pastelería de autor. Los huevos duros empezaron a sustituirse por huevos de chocolate, y la base de pan evolucionó hacia el bizcocho de pa de pessic, relleno de mermelada o mantequilla y recubierto de fruta escarchada o almendras.

 

Hoy, maestros como los de la saga Escribà o los gremios de pasteleros de Barcelona y Girona han elevado la Mona a la categoría de escultura, adaptándola a los gustos infantiles con personajes de películas y deportistas. Sin embargo, ya sea una figura de Disney o una tradicional corona de brioche, el mensaje sigue siendo el mismo: la celebración de la vida y el afecto entre generaciones.

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