Desproporción lingüística

Carlos García-García
Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Medicos jovenes 1 1


Un médico de la sanidad pública valenciana me cuenta que ha aprobado el examen de la oposición para acceder a una plaza en propiedad. El siguiente paso consiste en acreditar sus valores en un concurso de méritos. Me explica el baremo que se aplica y, en un momento dado, le pido que me repita lo que acaba de decir porque no salgo de mi asombro: “el título superior de valenciano vale 5 puntos y una tesis doctoral cum laude vale 3 puntos”. 


Como me parece sorprendente, más tarde consulto la convocatoria oficial de la Generalitat Valenciana. En la Resolución de 2 de octubre de 2017 de la Conselleria de Sanitat Universal i Salut Pública se señala, efectivamente, que el título superior de valenciano suma 5 puntos (lo mismo que un expediente académico de matrícula de honor), el título medio 4 puntos (equivalente a una media de sobresaliente en la carrera), el título elemental 3 puntos (igual que un doctorado cum laude) y el certificado de conocimientos orales, que se obtiene tras una charla con el examinador, 2 puntos (como un doctorado calificado sobresaliente o un expediente de notable en la carrera). Creo que en otros lugares con lengua propia ocurre algo similar.


Esto choca con el primer requisito señalado en dicha Resolución para poder acceder a la oposición: “Poseer la nacionalidad española o de cualquier otro estado miembro de la Unión Europea, así como de aquellos Estados a los que, en virtud de tratados internacionales celebrados por la Unión Europea y ratificados por España, sea de aplicación la libre circulación de trabajadores”. 


Este es, sin duda, un principio aperturista y solidario por el que un médico extremeño puede concursar en la oposición en iguales condiciones que uno valenciano. Sin embargo, si el extremeño, que no ha escuchado una palabra de valenciano en su vida, tiene una media de notable en la carrera (2 puntos) y un doctorado cum laude (3 puntos) sumará 5 puntos, mientras que si el valencianoparlante tiene una media de suficiente en la carrera (1 punto) y el título superior de valenciano (5 puntos) sumará 6 puntos. Aquí acaba el principio de igualdad de oportunidades.


No es en absoluto equivalente el esfuerzo que uno emplea en lograr un buen expediente académico o un doctorado que el que realiza en la obtención del título de valenciano (o catalán, no pierdo el tiempo en estas distinciones absurdas porque para mí es la misma lengua con distintos modismos). Además, la contribución a la ciencia en general y a la disciplina en particular (lo que, finalmente, revierte en beneficio para el ciudadano) es mucho mayor en el primer caso que en el segundo. Sin embargo, el premio que se obtiene por saber valenciano es muy superior.


En resumen, entre dos médicos con idéntica experiencia y saber hacer, gana por goleada el que domina el valenciano (teniendo mayor ventaja de partida aquellos cuya lengua materna sea ésta) a quien tenga mejor expediente o haya defendido una tesis doctoral (en igualdad de condiciones y oportunidades con el resto de sus compañeros de carrera).


"Esta baremación es ideológica, proteccionista e injusta en términos profesionales y personales"


Esto es lo que llamo desproporción, por no decir sinrazón, político-lingüística. Por más que, en determinados ámbitos, resulte sacrílega esta crítica, a mí todo esto me parece de locos. Esta baremación es ideológica, proteccionista e injusta en términos profesionales y personales. Y ya no es que se allane el terreno a los valencianoparlantes y se pongan piedras cuasi insalvables a los médicos extremeños o canarios que, por sus circunstancias, busquen trabajo en esta pequeña parte del globo, sino que el autoritarismo lingüístico se impone incluso a miles de valencianos de las muchas comarcas castellanoparlantes de la Comunidad Valenciana (o País Valencià, que también me da igual). Resulta aún más alucinante que los alumnos de Bachillerato de dichas comarcas tengan la opción de solicitar a la Conselleria d’Educació una exención de la asignatura de lengua valenciana cuando ésta acaba resultando un requisito tan valioso para acceder a la función pública.


Siempre consideré que el conocimiento en general, y el de de cualquier lengua en particular, no ocupa lugar y que es importante que un funcionario se desenvuelva con soltura en los idiomas que emplean los usuarios a los que atiende. Entiendo, por tanto, que la acreditación del dominio del valenciano pueda tenerse en cuenta en la escala de méritos. Pero de ahí a que los mayores méritos académicos y profesionales sean batidos por un título de valenciano hay un trecho por el que, creo, se despeñan muchos buenos profesionales de la salud, la enseñanza y, en general, la administración pública.


El prestigio de un hospital o una universidad no se mide por el idioma que emplean sus médicos y profesores sino por su valía como profesionales de la salud, de la docencia o de la investigación. ¿Por qué es así? Pues por lo mismo que usted, en caso de enfermedad, por más amante de su lengua que sea, procurará acudir al mejor de los especialistas independientemente de que hable català, euskera, galego o chino.

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