La isla del padre de las hijas lejanas

Edmundo Font
Edmundo Font

El personaje de esta breve historia de la noche vieja es tan solo una persona sin pretensión novelesca, que decide irse de sí mismo -un modo de decir-; de todo lo que le rodea, en procura de una isla ajena y a la vez inmediata, próxima. Y la busca en el mapa mundi (ahora se llama Internet), tratando su pesquisa con un aire "demodé", con sentido

"Vintage", diría una voz snob que nunca habrá leído el Spleen de París de Baudelaire.


Y nuestro personaje sin nombre ni en busca de autor Pirandeliano (qué pesado el narrador, pensará el lector, dos distracciones literarias en dos pobres párrafos), encuentra de manera fácil, cómo no, una opción de escape a pocas horas de su país y por carretera: se llama la "Isla del Padre". Enfrenta, eso sí, una duda. A pocas millas de la primera isla hay otra más, en el Golfo de México aún, bajo el mismo nombre, pero con otras coordenadas nominativas en la brújula de norte a sur. Y precisamente el nombre del Padre podría deberse a un origen religioso. Se sabe cuánto los conquistadores de estos mares encomendaban sus dominios a sus creencias.


Así que el personaje con vocación de actor secundario se coloca a sí mismo en una suerte de encrucijada y decide largar el mundo inmediato conocido, y contra cualquier auto conmiseración parte más que nada a un viaje interior amenizado por un traslado poco habitual, poco recomendado en todo caso, en fechas en que algunos especialistas apuntan a depresiones agudas para quienes enfrentan en soledad la fecha en el calendario que marca el paso convencional, de una hora para otra, de un año entero.


Y poniéndonos a pensar cómo un segundo transforma eras, etapas, mundos, es inevitable que la conjetura apresurada no traiga a la memoria la novela de Humberto Eco, "La Isla del Día de Antes" que ocurre en la longitud donde el cambio de la hora significaba un antes y un luego que Einstein podría también haber podido postular en la relatividad de un tiempo marcado como una efemérides de un presente con ayer, más que por un mañana sin futuro todavía. Y en esta disquisición tan previsible en un 31 de diciembre que aguardaba con ansias su conclusión, no está por demás recordar el bello y pertinente nombre de un libro de relatos de otro gran escritor Italiano, Antonio Tabucchi, con unas historias maestras como las de "El tiempo envejece de Prisa".


En la portada afortunada del libro de Tabucchi aparece una foto con dos payasos, uno más alto que el otro. Visten el uniforme que caracteriza su oficio de risas y lágrimas, más mueca que sonrisa o llanto, caricatura de la felicidad, tristeza en disimulo, carcajada con disfraz. En esa instantánea hecha sin duda para inquietar, el horizonte es el mar, en una playa desolada. Uno de los payasos, el más alto, carga una maleta de cuero; el otro payaso con falsa nariz tan prominente, como la circunferencia de su barriga precintada por sus manos cruzadas sobre el pecho, parece atrapar con su bastón el bombín que ha volado con el viento. Todo ello, imagen de movimiento perpetuo paralizado.


El sujeto de marras de nuestro relato, no deja pasar la ironía del nombre que capturó su atención, esa isla llamada del Padre, porque solo tiene hijas lejanísimas y aún así, será hacia ese archipiélago desangelado que dirige sus pasos, caminándolos primero en una visión mental que intenta ordenar un rompecabezas cuya matriz no existe, sin modelo para armar Cortaziano -y dale con las referencias autorales-. Hasta entonces esa isla estaba anclada en el recuerdo vago de una visita apresurada muchos años atrás, y era un lugar con atractivos nostálgicos, en una estrecha lengua de arena circundada por mareas agitadas y poblada por gaviotas.


En el "diario de a diario", a la manera de Jaime Sabines -y aquí no me disculpo más por andar citando-, el personaje que podría prefigurar un heterónimo banal de Fenando Pessoa, anota:


"...era no sólo la desembocadura de una laguna madre sino el largo prodigio de un puente moderno que unía la tierra firme a una lengüeta de arena sofisticada por un turismo vaquero, me explico, el reflejo de un agreste Miami Beach sin Art Déco. Y ese era uno de los encantos, el de una pretensión a medias lograda, con establecimientos que habían apostado a una masiva recuperación de capital y que sin mayor pena ni gloria acabaron recordando hoteles inmensos como los de la película basada en la novela de Stephen King, con corredores interminables y huéspedes improbables para llenar sus instalaciones en el invierno.


Como toda apreciación apresurada puedo estar exagerando la nota a causa del tiempo de perros que me recibió y a la media hora perdida entre chubascos, en busca de una dirección que volvía hipotética una gruesa cortina de lluvia. No obstante la inquietud, resulta que siempre salgo premiado con el hallazgo de mis obsesiones. Tratando de buscar mi hotel bajo la presión del agua y luteranas reglas de tráfico locales, deparé con el mejor restaurante italiano de la isla - suelo buscar siempre los de dieta mediterránea-. Y hasta allí volví, vestido todo de blanco, contra toda indicación por las bajas temperaturas, para cenar la última noche del año, en soledad, que no solitario, un risotto con trufa y un vino cuyo gallo negro cantaba el origen verdadero de su Chianti Toscano. Allí, en Gabriella's, nombre falso de una antigua novia mía, a partir de la novela de Jorge Amado, fui asaltado por las miradas entre curiosas y piadosas de los parroquianos, que sin duda se preguntaban: qué hace este hombre vestido de blanco con este frío, solo, en una noche que se comparte siempre con familia o con amigos?


Lo más destacable entonces fue la empatía de la camarera, oriunda de Tabasco, tierra del gran poeta Carlos Pellicer, quien se atrevió a preguntar directa y en voz alta lo que los comensales murmuraban entre dientes: aguarda usted a alguien? -No, vengo solo. Y con cierta impertinencia no deliberada, la joven señora inquirió lo obvio: y porqué?. Allí me sentí entonces tan cursi, cuando le dije que estaba allí en esa fecha, sin nadie más, por "cosas de la vida", sintiéndome actuar ya en medio de una telenovela. La joven dama de ojos rasgados respondió: "no, usted no está solo, Dios lo acompaña...". ¿Y eso, si era cosa de reír o de llorar?







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