¿Hasta cuándo y a qué coste?

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Por lo que he leído y escuchado en las últimas horas, la sensatez ha desaparecido de la política catalana o, tal vez, ha sabido esconderse en algún lugar incógnito, del que podría salir en algún momento del proceso electoral que va a ponerse en marcha. Tras la decisión de la CUP de ser coherente con su ideología y decir que no a la candidatura de Artur Mas, este lógicamente se lo ha tomado muy mal y ha decido no quitarse de en medio y presentarse de nuevo para que lo elijan, bien en otra lista unitaria o bajo las siglas de Democracia i Llibertat, que sería lo deseable para saber con qué apoyos cuenta.


No obstante, nadie espera que en los nuevos comicios ocurran cosas extraordinarias tras escuchar a los portavoces de los distintos partidos decir cada uno la suya, sin atender a más razones que las de sus propios intereses, lo cual nos hace suponer que la atomización parlamentaria vuelve a estar garantizada y que la formación de un nuevo Govern va a costar Dios y ayuda, porque las frases gruesas no desaparecerán de nuestras vidas y en ese ambiente resulta muy difícil cerrar un ciclo y abrir otro diferente.


La visceralidad con la que ha reaccionado el todavía President de la Generalitat en funciones indica que no reconoce ninguno de los errores que ha cometido. Tampoco es para echar cohetes, la lectura que los partidos con implantación estatal han hecho de lo que aquí ha pasado durante todos estos meses de cansina e irresponsable invitación a acudir a las urnas. Con semejante panorama, los que queremos que se llegue a un gran acuerdo que propicie una convivencia futura en un marco constitucional inteligente estamos condenados a un nuevo fracaso. No obstante, debemos seguir intentándolo, aunque para quienes parecen haber perdido el juicio seamos una caverna, unos unionistas e incluso unos traidores, epítetos que ha habido que soportar con paciente estoicismo.


Dejen en paz a la CUP, recomendaría a los que ahora son sus detractores y a la que "estos catalanes de toda la vida" han querido agasajar lastimosamente mendigando un apoyo absurdo e inmoral, ideológicamente hablando, para, al final, no conseguir llevarlos a su huerto particular. Sus militantes y dirigentes han decidido "democráticamente" en un pleito que no era el suyo y que les costará seguramente más de una dimisión e incluso posibles escisiones. En ese aspecto Mas pasará a la historia de Catalunya como el "líder indiscutible de la división", puesto que ha fragmentado a su propia coalición destrozando a su socio, Unió Democrática, un partido centenario que le dio a su formación convergente el prestigio internacional del que no disponía. Algo que también "casi" ha conseguido hacer con el PSC que ahora se mueve en mínimos, tras azuzar el President con la ayuda de TV3 al sector nacionalista contra la Dirección de Nicaragua en busca de un voto, que luego se ha demostrado ha ido a parar a Podemos o a Ciudadanos, mientras "el Profeta de Ítaca" se quedaba tan solo con los restos de la gabarra sociata repleta de viejos náufragos, necesitados de cargos pero con las manos completamente vacías de militantes e ideas renovadoras.


A Iniciativa tampoco le ha ido bien tras sus coqueteos con el President. Al final, porque tiene mucha experiencia partidaria a su espaldas, ha encontrado cobijo de la mano electoral de Pablo Iglesias y Ada Colau, a los que ha logrado colocarles su cansino "dret a decidir" y salvar los muebles, eso sí, haciendo inviable un pacto de Estado entre las grandes formaciones de la izquierda española que, con PSOE en horas bajas, necesita de otros argumentos más sociales para engañar a los barones de Ferraz para cohesionarse y, sobre todo, sentarlos a negociar.


Pero lo peor de todo ha sido la terrible división que Artur Mas ha provocado en la sociedad catalana a la que ha partido en dos mitades casi simétricas, que desde que el President les llamó al plebiscito tratan de no llegar a las manos, aunque dentro de las familias se hayan producido enfrentamientos muy serios entre abuelos, padres, hijos , hermanos y primos que se tardará mucho tiempo en reparar, como también se nos antoja muy difícil el conseguir que muchas amistades antiguas puedan recomponerse porque la desconfianza mutua ha dejado sembrado en el campo de los sentimientos la semilla de la enemistad. Uno, que ha vivido en primera persona estas cosas, como muchos de sus conciudadanos, siente una profunda tristeza por lo que ha sucedido y un pesimismo galopante sobre lo que nos espera en Catalunya en los próximos años. Sinceramente, no se entiende que un político que se ha equivocado tanto siga en activo y pretenda de nuevo volver a ganar unas elecciones autonómicas si no es porque "intereses nada confesables” le obligan a mantenerse en la lucha por el poder. La pregunta es, en consecuencia, bastante evidente: ¿hasta cuándo y a qué coste?

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